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HALLOWEEN CON CRISTO MORADO

Estoy en la Av. San Martín con Billinghurst. Es noche de Halloween, es noche criolla. Es noche del arresto preventivo de Keiko Fujimori...

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viernes, 2 de noviembre de 2018

HALLOWEEN CON CRISTO MORADO





Estoy en la Av. San Martín con Billinghurst. Es noche de Halloween, es noche criolla. Es noche del arresto preventivo de Keiko Fujimori. Es una noche cualquiera. 9:00 pm. Calo un cigarro, mientras el schnauzer que vestí de unicornio y yo esperamos a Sandra que fue a conseguir alguna clase de disfraz improvisado, un arma blanca que simule un hachazo en la cabeza, entre otras cosas. Vaya metáfora. Las calles están cerradas, porque en todo San Martin se convoca la creatividad y tiempo libre de aquellos que se atreven a salir disfrazados para aprovechar un momento pertinente que hará pasar la semiótica de su locura como normalidad. Nada fuera de lo común. Cada vez más, la gente deja los disfraces de terror por el cosplay. Gente de todas las edades prefieren convertirse por esta noche en alguna clase de ícono cinematográfico o televisivo importante para llamar la atención. Así gente disfrazada de Chucky, Deadpool, Darth Vather o Shinigami, recibe su baño de multitud, el espejamiento narcisista que necesitan para regular los engranajes de los que se componen.

Escucho una música que me conozco bien. Un sonido de banda espectral, cadenciosa, y grave, en tono de suplicio y martirio. Si la música llegó antes, ahora se aproxima una materia pesada, cuerpos de personas como una estructura elefantiásica vienen desde el fondo de la Av. Bolognesi, entre una humareda y voces que se convierten en plegaria polífona. Sobresale una imagen, suerte de corona de esa protuberancia de carne humana. Vestidos de morado, con túnicas, crucifijos en mano, rosarios, velas, se abalanzan sobre San Martín a paso lento. Se calcula que su movimiento impactará con este otro movimiento más browniano que es la noche de Halloween vs el recorrido del Señor de los Milagros. Doy una calada más, exhalo luego de procesar toda esta información para organizarla de la siguiente manera. Qué diferentes son las estructuras que subyacen a estas dos rituales sociológicos, el uno convertido en el anverso del otro. Antítesis pura, es imposible que los componentes de ambos movimientos sociales no recusen en sus diferencias.

Símbologías, íconos jerárquicos, personas, movimientos intrínsecos caracterizan a cada uno de estos rituales que se acostumbra a ver en Octubre. En esta noche entran en una suerte de conflicto que solo yo puedo ver, y también escuchar. No pasan ni dos minutos para cuando mi oreja izquierda recoge la queja de una señora con crucifjo en mano: “Al menos que respetenque estpa pasando el cristo morado”; mi oreja derecha recoge esta otra: “Qué aburridos, vinieron a arruinar el paseo”. Un tercer personaje anónima ensaya su síntesis: “¿No era también un zombie Jesucristo?”. La escena es tierna. Ahora sí los señoras cosplayeadas de fervorosas seguidoras del Señor de los Milagros se mezclan con los payasos asesinos y zombies que cruzan al igua que elos San Martín. Los señores que cargan la pesada estructura del cristo morado, abren más sus ojos al ver que por su tránsito se topan con Gokú, Caballeros del zodíaco, brujas y magos. En el colmo de la situación, ambos séquitos, tanto del Halloween y el Cristo peruano, están codo a codo avanzando incómodos hasta el arco parabólico.

Los morados se detienen en el arco parabólico. Anuncian una pequeña misa, o rezo multitudinal. Mi mente contempla admirativa, y aprovecha para sacarle la raíz cuadrada a estas cosas que pasan. El mismo público hallowinesco observa absorto e inocente la ceremonia morada. Yo no ´puedo detener el flujo de mis pensamientos. Qué integrado es el movimiento morado del Cristo milagroso. Alrededor de su ícono las personas se adocenan hasta convertirse en parte de su cuerpo. El espacio que ocupan es reducido, tienen que estar lo más cerca posible de su ídolo. El programa es sencillo, trasladar al cristo morado hasta la catedral. Qué diferente de la noche de brujas. Su espacio es más amplio, y su movimiento más dinámico. No se concentra en alguna clase de ídolo. Si hay íconos, pero estos son tan variados que no hay epicentro, sí concentración. Cualquiera puede ser el ídolo de turno, Deadpool, Batman, Merlín, Optimus Prime, todos tienen sus 5 minutos. La gente interactúa libre de alguna restricción que lo ate a alguna jerarquía que debe respetar. En cambio el cristo morado plantea un teocentrismo radicado en la figura de Cristo Morado y su consecuente ideario.

Según esto no es difícil adivinar por qué la humanidad se vuelve en estos dos polos, el uno politeísta o policónico, gente que endiosa y convierte en héroes a cuanto personaje se le antoje admirable; y otros que prefieren un solo Dios, un solo líder, una sola fe convulsa en su propia inmantación. Ambas coexisten, pero no conviven. Si pudieran matarse, habrían aprovechado esta noche. Un discurso mediador lo impide, una voz invisible que está bien metida en sus cabezas y que es un tercero que los configura; les dicta la tolerancia, la proximidad, más nunca la simbiosis, menos aún la fusión. Ambos permanecen como mosaicos dentro de otros movimientos masivos en los que se aglomera la gente en fiestas para investirse de la simbología o lenguaje que los define. Los miro una vez más antes de dar una calada final a mi cigarro, y siento que la rigidez es propia de uno, y la liquidez de otra. La postmodernidad no es un terreno nivelado, tiene altibajos, y todavía se permite metarrelatos y antítesis. Unos disfrazados de libre albedrío, otros de una flotante y concentrada dictadura. Ambos son ya el fragmento de una sola ideología. Una tolerancia hueca, disfrazada de humanidad.

Tacna, 02 de octubre 2018.

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